Erzählungen und Bilder in Acrylfarben

Epílogo: de barcos, culpa y oraciones silenciosas

Hay que saber cómo respiraba el país en aquella época.

Bremerlehe no era un lugar de héroes, sino un lugar de espera.
Los barcos yacían pesados en el agua, con sus mástiles sobresaliendo hacia el cielo como dedos rotos. En las cubiertas olía a alquitrán, hierro y miedo.

No se despidió a los hombres.
Fueron entregados.

Las guerras de Napoleón no conocían nombres, solo números. Los soldados vestían uniformes que no les pertenecían y juraban votos que no entendían. Muchos eran campesinos, pescadores, hijos sin elección. Se les prometió salario, regreso, gloria.

Pero el viento sabía que no sería así.

Las mujeres estaban en la orilla, con las manos escondidas en los delantales y los labios inmóviles.
No rezaban en voz alta. Porque Dios escuchaba demasiado.
En cambio, se susurraban a la niebla cosas que no se habrían confiado a ningún sacerdote.

Creían en las señales:
– Si el barco zarpaba sin gaviotas, nadie regresaba.
—Si el mástil cantaba con el viento, el mar se llevaba más de lo que debía.
—Si un hombre perdía su sombrero al zarpar, perdía más que solo tela.

Y se creía en los que regresaban.

No todos los muertos, se decía, se iban realmente.

Algunos no encontraban la paz.
Algunos no encontraban su cabeza.
Algunos no encontraban el camino de regreso y lo buscaban durante toda su vida.

En aquella época desapareció un soldado.
No en el campo de batalla.
Ni en el mar.

Sino aquí.

Y el país no lo olvidó.

Capítulo I: El país que recuerda (ampliado)

Bremerlehe no es un lugar que se visite.
Uno acaba entrando en él.

El cielo cuelga aquí más bajo que en otros lugares, como si tuviera que observar el país. La luz es lechosa, vacilante, e incluso en días claros parece haber algo invisible entre el mundo y los ojos.

El Weser fluye lento, pero no tranquilo. Sus aguas transportan historias que no quieren desaparecer. Viejas redes, cadenas oxidadas, plegarias rotas: todo se hunde en algún momento, pero nada desaparece.

Cuando llegué, me pareció que el lugar había contenido la respiración por un momento.

La gente saludaba cortésmente.
Demasiado cortésmente.

Sus miradas se deslizaban sobre mí, sin detenerse nunca demasiado tiempo. Nadie me preguntó de dónde venía. Nadie me preguntó cuánto tiempo me quedaría. Aquí no se preguntaban cosas cuyas respuestas temían.

Ute me preparó mi habitación. Sus manos eran ásperas, sus movimientos precisos. Hablaba poco, pero cuando lo hacía, sus palabras sonaban como algo que llevaba mucho tiempo dentro de ella.

«Por la noche», dijo de pasada, «debería mantener las ventanas cerradas».

Me reí en voz baja. «¿Por el viento?».

Me miró fijamente durante un largo rato.
Luego asintió con la cabeza.

Pero sus ojos decían otra cosa.

Aquella primera noche dormí inquieto. No por los ruidos, sino por el silencio.
Hay un silencio que reconforta.
Y otro que espera.

Hacia la mañana soñé con cascos.
No de un caballo, sino de la idea de un caballo.

Cuando desperté, la niebla era más espesa que antes. Y por un instante, solo un instante, tuve la sensación de que la tierra me conocía.

Capítulo II: El pueblo sabe más de lo que puede decir

No es que la gente de Bremerlehe no dijera nada.
Más bien decían demasiado, pero nunca lo importante.

Hablaban del tiempo, incluso cuando no soplaba el viento.
Hablaban de la cosecha, aunque ya no se cultivaran los campos.
Hablaban de las guerras, de Napoleón, de los hombres que habían sido enviados lejos y nunca regresaron.

Pero cuando llegaba la noche y el crepúsculo se extendía como un trapo sucio sobre las callejuelas, las voces se apagaban.
No de forma abrupta, no.
Se apagaban como si alguien les hubiera quitado el aire.

Los ancianos se sentaban más cerca de sus estufas.
A los niños se les llamaba antes para que entraran en casa.
Y nadie, nadie, se quedaba fuera después de la última campanada.

Había reglas en Bremerlehe.
No estaban escritas ni se predicaban.
Pero todos las conocían.

Ya no se iba al viejo camino.
No se contaban los caballos cuando pasaban por la noche.
Y no se miraba atrás cuando se creía oír pasos que no eran los propios.

El pastor lo sabía.
Predicaba más alto durante esas semanas, como si quisiera ahogar el silencio.
Hablaba de culpa, de purificación, de la gracia de Dios,
pero sus ojos nunca permanecían tranquilos.
Recorrían los bancos, se detenían en los rostros, como si buscaran algo que no debía estar allí.

Una vez, un forastero preguntó.
Un joven, tal vez un comerciante, con un carro y una voz que sonaba demasiado clara para ese lugar.

«¿Por qué miran todos así cuando oscurece?».
«¿Por qué cierran sus puertas con llave como si la guerra fuera a volver?».

Le habían dado pan.
Le habían dado agua.
Y le habían pedido que siguiera su camino antes de que se pusiera el sol.

A la mañana siguiente, su carro había desaparecido.
Más tarde encontraron su caballo, sin signos de violencia, pero con los ojos muy abiertos.
Como si hubiera visto algo que un animal no debería ver.

Nadie hablaba de ello.

Porque Bremerlehe sabía que
las preguntas provocan cosas.
Y las palabras dan forma.

Era mejor callar la culpa.
Mejor dejarla en el suelo, donde una vez se habían enterrado cosas que no deberían haber sucedido.
Mejor no nombrar al jinete.

Porque los nombres son invitaciones.

Algunas noches, cuando la niebla se levantaba del agua y se extendía como dedos fríos alrededor de las casas, la gente oía algo.

No era el sonido de cascos.
Todavía no.

Era una presión en el pecho.
Un tirón detrás de los ojos.
Una sensación como si se hubiera olvidado algo que nunca se debería haber sabido.

Y entonces lo supieron:
él estaba más cerca.

No visible.
No audible.

Pero estaba ahí.

Y el pueblo, que sabía más de lo que podía decir, siguió callado.

Bild aus dem Buch

El que regresó

Nadie había visto cuándo había regresado Hinrich Lammers.

Solo se sabía que había vuelto.

Su casa, situada a las afueras del pueblo, la del tejado inclinado y el pozo que llevaba años sin dar agua clara, tenía una luz encendida una noche.
Una luz tenue y amarillenta que no parpadeaba como la luz de las velas, sino que permanecía fija, como si estuviera clavada.

Hinrich había servido en la guerra.
No por valentía, como él mismo había dicho una vez, sino porque nadie le había preguntado.

Cuando se marchó, era un hombre callado. Uno de los que se quitaba la gorra al saludar y bajaba la mirada.
Ahora caminaba de otra manera.
Más lento.
Como si tuviera que comprobar con cada paso si el suelo aún lo sostenía.

Al principio, los niños lo evitaban.
Luego, los perros.

Se decía que hablaba en sueños.
No en voz alta, sino como si respondiera a alguien que estuviera muy cerca de su oído.

«No aquí...».
«Aquí no...».
«Eso fue hace mucho tiempo...».

Su esposa había fallecido hacía años.
Se decía que simplemente se había desmayado.
Otros decían que había gritado justo antes.
Nadie lo sabía con certeza. Nadie quería saberlo.

La tercera noche después de su regreso, Hinrich fue al pozo.

La luna colgaba baja, como un ojo sucio detrás de las nubes.
El agua del balde estaba negra, aunque no llovía.

Hinrich se inclinó sobre ella.
Vio su reflejo y retrocedió.

Porque algo en su rostro no estaba bien.

No era más joven.
Tampoco más viejo.

Estaba vacío.

Como si alguien le hubiera quitado los recuerdos de los ojos y hubiera puesto algo más en su lugar, algo que ahora esperaba.

Entonces lo oyó.

No era el sonido de cascos.
Ningún grito.

Solo una presión en el aire, como justo antes de una tormenta.
Como entonces, justo antes de que dispararan.

Las manos de Hinrich comenzaron a temblar.

«No he dicho nada...», susurró.
«Solo hice lo que ustedes dijeron...».

El viento cambió de dirección.

Y con él llegó algo frío, no desde el cielo, sino desde el suelo.
Como si la propia tierra exhalara.

Hinrich lo sintió detrás de él.

No como una figura.
No como una sombra.

Sino como una certeza.

No corrió.
No podía.

Por la mañana lo encontraron junto al pozo.

De rodillas.
Con las manos en el agua.
Los ojos abiertos.

Sin signos de lucha.
Sin heridas.

Solo tenía la boca abierta,
como si hubiera visto algo que no podía decir.

Y en el pozo flotaba algo.

No era su reflejo.

Sino un segundo.

La mañana siguiente

La mañana llegó como siempre.

Gris.
Húmeda.
Con un cielo tan bajo que parecía que quería tocar el pueblo y llevárselo consigo.

El gallo cantó una vez.
Luego se calló.

La gente salió de sus casas, uno tras otro, como si se hubieran puesto de acuerdo, pero nadie miró a los demás.

Asintieron con la cabeza.
Se saludaban.
Hacían lo que siempre hacían.

La granjera de la panadería puso panes en la ventana, aunque sabía que hoy se vendería menos.
El herrero abrió la puerta, echó leña al fuego, golpeó una vez con el martillo, solo para comprobar que aún sonaba.

Nadie preguntó por Hinrich Lammers.

No en voz alta.

El cubo ya estaba junto al pozo.
Vacío.
Limpio.

Alguien lo había vaciado.
Alguien lo había vuelto a colocar en su sitio.

Esa mañana, los niños se quedaron más tiempo en casa.
Se decía que era por el frío.
O por la niebla.

Un perro salió corriendo del callejón, olisqueó el borde de la fuente, aulló brevemente y se soltó como si alguien lo hubiera agarrado por el cuello.

La anciana Grete, que lo veía todo y nunca decía nada, se sentó en su banco y empezó a limpiar frijoles.
Sus manos trabajaban con calma.

«El viento ha cambiado», murmuró.
Nada más.

En casa del pastor se encendió la luz temprano.
No escribía.
Solo estaba sentado, con la Biblia cerrada delante de él, y se frotaba la frente, como si quisiera borrar un pensamiento que no podía expulsar.

Un niño le preguntó a su madre por qué Hinrich ya no saludaba.

La madre se santiguó.
No por fe, sino por costumbre.

«No digas tonterías», le dijo.
«No hay que saberlo todo».

Hacia el mediodía, todo estaba dicho sin que se hubiera pronunciado una sola palabra.

Se sabía

  • que Hinrich no volvería
  • que había que volver a cerrar el pozo
  • que por la noche había que cerrar las persianas antes

Y, sobre todo, se sabía:

que había que recordar, pero no con demasiada precisión.

Porque quien recordaba con demasiada precisión, podía sucederle
que por la noche oía algo
que no estaba destinado a oídos humanos.

Cuando el viento volvió a refrescar, un extraño silencio se apoderó del pueblo.

No era el silencio de la paz.
Sino el silencio que se produce cuando muchos deciden al mismo tiempo no mirar.

Y en algún lugar, más allá de los campos, más allá de los caminos,
algo se movió.

No era visible.
Pero cada vez más cerca.

La noche en la que alguien habló

La noche llegó sin estrellas.

La luna estaba allí, en algún lugar, pero no se dejaba ver.
Dejó al pueblo solo consigo mismo.

Johann Feddersen estaba despierto.
Llevaba así mucho tiempo.

Llevaba todo el día con esa frase en la cabeza, como un cuerpo extraño en la boca.
Una frase que no quería pronunciar y que, sin embargo, volvía una y otra vez.

Eso no está bien.

No se la había dicho a nadie.
Todavía no.

El viento soplaba alrededor de la casa, rozaba las vigas, atravesaba la chimenea, como si buscara algo que se le había escapado.
Johann se incorporó.

La madera crujió.
Demasiado fuerte.

Escuchó atentamente.
Nada.

Su esposa dormía.
O al menos eso parecía.

Johann se puso las botas.
Despacio.
Con cuidado.
Como si la velocidad pudiera delatar la culpa.

Afuera olía a tierra húmeda y agua estancada.
El pozo yacía oscuro entre las casas, una boca negra que no se cerraba del todo.

Johann se detuvo.

«Ya no puedo más», susurró.
Solo para sí mismo.
Solo para esa noche.

La frase había salido.
Libre.

En ese momento, el viento cambió.

No se hizo más fuerte.
Ni más rápido.

Se acercó.

Johann lo sintió primero en la nuca, esa sensación de frío que no tiene nada que ver con la temperatura.
Se dio la vuelta.

No había nada.

Ningún jinete.
Ningún caballo.
Ninguna figura.

Y, sin embargo, había peso.
Como si algo grande estuviera justo detrás de él y no respirara.

«No lo sabíamos...», comenzó Johann, apresuradamente, con pánico,
«No era nuestra intención...».

El pueblo no lo escuchó.
Pero la noche sí.

El suelo vibró de forma apenas perceptible.
No como el ruido de cascos, sino más bien como un recuerdo.

Johann quería correr.
Sus piernas no le obedecían.

Entonces lo oyó.

No era un grito.
No fue una orden.

Un roce, como si arrastraran metal sobre huesos.
Lento.
Con paciencia.

Johann abrió la boca.
No salió ningún sonido.

El viento lo rozó, lo rodeó, le acarició la frente, como si estuviera comprobando algo que antes había estado allí.

Luego, una presión.

No fue brutal.
No apresurada.

Objetiva.

A la mañana siguiente encontraron a Johann Feddersen junto al pozo.

Sentado.
Con la espalda recta.
Con los ojos bien abiertos.

La cabeza yacía cuidadosamente a su lado,
como si alguien se la hubiera quitado con cuidado y la hubiera dejado allí.

Sin sangre.
Ningún signo de lucha.

Solo una expresión en su rostro,
como si en el último momento hubiera comprendido
por qué a veces es mejor callar.

Nadie gritó.

Nadie preguntó.

La anciana Grete tapó su canasta de frijoles y dijo en voz baja:

«Ya ha hablado».

Y el pueblo sabía:

La noche escucha.
Y no olvida.

La hora del pastor

El pastor Albrecht Thomsen se arrodilló solo.

La iglesia estaba fría, aunque el otoño ya había terminado.
El suelo de piedra retenía la humedad como un recuerdo.
Cada respiración sonaba demasiado fuerte bajo la bóveda, como si la propia casa de Dios estuviera escuchando.

No había encendido la luz.

Las velas eran para los funerales.
Y esto, se dijo, no lo era.

Ante él yacía la Biblia, abierta, pero sin leer.
Las páginas se habían abierto solas, en algún lugar del Antiguo Testamento.
No sabía cuándo.

«Y no hablarás de lo que no quiere ser recordado».

Frunció el ceño.
Esa frase no estaba allí.

Cerró la Biblia de golpe.
El ruido resonó durante demasiado tiempo.

«Señor», comenzó,
y se detuvo.

Porque incluso esa palabra le parecía insegura.
Demasiado ligera.
Demasiado pequeña.

Desde esa mañana sabía lo de Johann Feddersen.
De la forma en que lo habían encontrado.
Del orden.
De la tranquilidad.

No fue un acto de ira, pensó.
Un acto de juicio.

Había predicado.
Por supuesto, eso es lo que se dice de un pastor.
Pero Albrecht realmente lo había hecho,
durante años sobre la culpa, sobre el perdón, sobre el silencio de las personas cuando es más cómodo que la verdad.

Y ahora se preguntaba por primera vez
si tal vez Dios no era el único que escuchaba.

Un ruido.

No venía de fuera.

Del púlpito.

Albrecht levantó la cabeza.

«¿Quién está ahí?».

Su voz era firme.
Demasiado firme.

El púlpito estaba vacío.
Sin embargo, la sombra que había debajo... parecía comportarse de manera diferente al resto de la habitación.

Se levantó.
Lentamente.

«Esta es la casa del Señor», dijo en voz alta,
como si tuviera que recordárselo a alguien.

La sombra no se movió.
Pero se hizo más densa.

De repente, Albrecht sintió algo que no había sentido desde su juventud:
el miedo puro, que no tiene nombre.

«Si esto es una prueba», dijo,
«la acepto».

Una ráfaga de viento atravesó la iglesia.

No provenía de la puerta.
No de las ventanas.

Venía de arriba.

La Biblia cayó del altar.
Golpeó el suelo.
De nuevo en el mismo lugar.

Albrecht se acercó.

Las palabras de la página ya no eran las mismas.

«No toda fe es protección».
«No todo silencio es humildad».

«Esas no son tus palabras», susurró.
«Tú no eres...».

Entonces lo oyó.

No era el ruido de cascos.
Ningún paso.

Una llegada.

Ahora había algo
donde antes solo había espacio.

Albrecht se arrodilló,
esta vez no por devoción.

«¿Qué dices de mí?», preguntó,
y supo en ese mismo instante
que esa pregunta era errónea.

La respuesta no llegó en forma de voz.

Llegó como una certeza.

La fe protege del miedo.
Pero no de la culpa.

Albrecht comenzó a llorar.
En silencio.
Sin sollozos.

Ahora lo entendía:
el jinete no era el tribunal.

El tribunal era antiguo.
Y había sido ignorado durante mucho tiempo.

Cuando se abrió la puerta de la iglesia por la mañana,
encontraron al pastor Thomsen con vida.

Pero nunca volvió a predicar sobre el recuerdo como gracia.

A partir de ese día, solo habló de responsabilidad.

Y cada vez que el viento soplaba sobre el techo de la iglesia,
ponía la mano sobre el púlpito
y guardaba silencio.

Porque ahora sabía:

Dios escucha las oraciones.
Pero la noche escucha las confesiones.

La caza equivocada

Al tercer día, después de que enterraran a Johann Feddersen,
el pueblo decidió actuar.

No por valentía.
No por sensatez.
Sino por la necesidad de hacer algo.

Los hombres se reunieron al atardecer junto al pozo.
Allí donde normalmente se hablaba de la cosecha, los precios y el clima.
Pero ahora hablaban en voz baja.
Demasiado en voz baja.

Nadie mencionó el nombre del jinete.
Nadie mencionó la noche.
En su lugar, se hablaba de señales.

«El perro de Ohlssen aulló».
«La leche se ha agriado».
«Los niños duermen mal».

Todo era una pista.
Nada era una pregunta.

Pronto se mencionó el nombre que durante mucho tiempo había estado entre las palabras:

Hinrich Möller.

Un extraño, aunque llevaba años viviendo allí.
Un hombre callado.
Demasiado callado.

Hablaba poco en la taberna.
Rezaba de otra manera.
Y era el único que no había estado en casa aquella noche.

Eso bastaba.

«Quien calla, algo oculta», dijo uno.
«Quien es diferente tiene la culpa», dijo otro.

Y nadie lo contradijo.

Trajeron antorchas.
No porque se necesitara luz,
sino porque el fuego siempre convence.

La persecución se puso en marcha,
una procesión de pasos, aliento, expectación.

Los niños miraban por las ventanas.
Las mujeres cerraban las persianas,
pero no por compasión.

Por alivio.

Porque mientras alguien más fuera el centro de atención,
ellas quedaban en la sombra.

La casa de Hinrich Möller estaba a las afueras del pueblo.
Allí donde el suelo era más húmedo.
Donde el viento sonaba diferente.

Cuando abrieron la puerta,
no encontraron ningún demonio.
Ningún pacto.
Ninguna sangre.

Solo a un hombre
que levantó la vista
y comprendió de inmediato.

«No he hecho nada», dijo con calma.

Ese fue su error.

Porque un inocente habla mal.
Se defiende
mientras que otros acusan.

Le ataron las manos.
No con fuerza.
Solo lo suficiente para sentirse seguro.

«Dinos lo que sabes», le exigieron.

Hinrich guardó silencio.

No por rebeldía.
Ni por orgullo.

Guardó silencio porque no sabía nada.

La primera bofetada le llegó desde la multitud.
La segunda ya no tenía remitente.

«Estabas afuera», dijo alguien.
«Lo has visto», dijo otro.
«Lo llamaste», susurró una voz
que ya no sonaba humana.

Hinrich levantó la cabeza.

«Hay cosas», dijo lentamente,
«que no llegan porque las llames».

Un murmullo recorrió la multitud.

El miedo reconoce la verdad.
Y la odia.

Lo dejaron tirado en el suelo.
Seminconsciente.
Marcado, no con hierro,
sino con miradas.

A la mañana siguiente se había ido.

Su casa estaba vacía.
Sus cosas intactas.

Se decía que había huido.
Decían que había cometido un delito.
Decían que ahora el pueblo era más seguro.

Pero a la noche siguiente
se volvió a oír el viento.

Y esta vez sonaba...
divertido.

Porque el jinete no se llevaba a los inocentes.
Ni a los culpables.

Solo se llevaba a aquellos
se negaba
mirar.

Capítulo III: La chica del pozo

Antes de que amaneciera del todo, la encontraron.

No yacía en el pozo, como algunos susurraron más tarde,
sino junto a él, como si la hubieran depositado allí, pieza por pieza, con un cuidado peor que cualquier prisa.

La joven sirvienta se llamaba Trina.
Tenía dieciséis años, quizá diecisiete. Nadie lo sabía con certeza, porque en el pueblo se contaban los años de los criados y las criadas de forma aproximada, como al ganado. Era menuda, delgada, con manos que olían a jabón y al frío hierro del cubo.

La noche anterior la habían visto ir hacia el pozo.
Con un pañuelo sobre los hombros, tarareando suavemente, algo antiguo, algo inocente, que más tarde ya no se reconocía.

Sin embargo, por la mañana ya no quedaba nada de esa canción.

El cuerpo estaba desgarrado, no como por una hoja, ni como por mano humana.
Era como si algo hubiera agarrado, arrastrado, buscado.
La tierra a su alrededor estaba oscura, no solo por la sangre, sino por algo más profundo, como si el propio suelo hubiera bebido.

Partes de ella yacían esparcidas.
No muy lejos. No descuidadamente.
Como si las hubieran examinado.

Las mujeres no gritaron durante mucho tiempo.
Un breve aullido, luego ese silencio que es peor que cualquier grito.
Los hombres se quedaron apartados, con las manos en los bolsillos y la mirada baja, como si supieran perfectamente que algún día llegaría ese momento.

El capellán fue el último en llegar.

No se arrodilló de inmediato.
Se quedó de pie, contemplando la imagen con una lentitud que más tarde se interpretaría como frialdad.

Pero, en realidad, estaba buscando.

No buscaba pistas.
Ni de culpa.

Buscaba patrones.

Porque esto no era un asesinato.
No fue un acto cometido por ira o hambre.

Esto fue una señal.

Vio las distancias entre las piezas.
La dirección de las marcas de arrastre.
La forma en que el borde del pozo había permanecido intacto, sin salpicaduras ni huellas, como si el propio pozo se hubiera negado a ser testigo.

Y entonces supo:
el pueblo se había equivocado.

Se había hablado de un jinete.
De cascos.
Del viento y la noche.

Pero esto era más antiguo.
Y más cercano.

El capellán se santiguó solo entonces.
Lentamente. Con cuidado.

«No es un animal», dijo en voz baja.
«Y tampoco es un humano».

Nadie lo contradijo.

En un extremo de la plaza, un niño comenzó a llorar.
Más atrás, la madera crujió: una puerta que se movía con el viento, aunque no soplaba.

Y en algún lugar, más allá de los campos, donde el camino conduce al pantano,
algo se movió.

No se veía.
No se oía.

Pero se sabía.